Hay fechas que invitan a celebrar, pero también obligan a mirar hacia adentro. El 17 de Octubre es una de ellas. El Día de la Lealtad no es solamente una página de la historia del peronismo: es una identidad, una memoria colectiva y, sobre todo, un compromiso que debería renovarse en cada generación.
En San Nicolás, la celebración volvió a tener un escenario conocido: la misma plaza, el mismo monumento y, en buena medida, los mismos rostros de siempre. Los que sostienen la presencia, los que no abandonan la memoria y los que entienden que la política también se construye estando, incluso cuando no hay grandes convocatorias ni cámaras esperando.
Pero la postal, por sí sola, no alcanza para responder la pregunta que sobrevuela cada encuentro: ¿lealtad a qué, a quiénes y para qué?
San Nicolás tuvo su momento. Y eso merece ser reconocido. Porque, aun con las ausencias, hubo quienes eligieron estar, encontrarse y mantener viva una fecha que no debería quedar reducida a una formalidad del calendario partidario.
Sin embargo, la convocatoria también dejó interrogantes. Faltaron muchos. Y cuando las ausencias se acumulan, cuando los espacios no consiguen ampliar su participación y cuando la militancia parece girar alrededor de un círculo que se repite, resulta inevitable preguntarse qué está pasando.
Algunos señalan que faltan referentes. Otros hablan de la ausencia de liderazgos capaces de convocar más allá de los compromisos personales. También están quienes se preguntan dónde quedaron los compañeros dispuestos a construir algo que exceda la presencia en un acto y la fotografía de rigor.
No se trata de medir la lealtad por la asistencia a una plaza. La militancia se expresa de muchas maneras. Pero una fecha que representa la movilización popular y el protagonismo de los trabajadores también puede ser una oportunidad para revisar las razones por las que tantos compañeros ya no se sienten convocados.
La foto y lo que sucede detrás es lo que se destaca. En toda celebración política hay imágenes que se comparten y discursos que se pronuncian. Pero también existe una realidad menos visible: la de las relaciones internas, las diferencias que no se discuten de frente y las conductas que algunos militantes interpretan como deslealtades y lo que muchos callan.
Están quienes ponen la cara para la foto, ocupan su lugar en la escena y se muestran parte de una construcción colectiva, mientras otros cuestionan que, fuera de esa imagen, no siempre se sostengan los mismos compromisos.
Son percepciones que merecen ser escuchadas y debatidas, no para convertir cada diferencia en una acusación, sino para recuperar algo esencial: la confianza entre compañeros.
Porque la lealtad no puede ser una exigencia unilateral. No debería reclamarse desde una posición de poder mientras se ignoran los esfuerzos de quienes sostienen el trabajo cotidiano. Tampoco puede confundirse con obediencia ciega, silencio obligado o aceptación de cualquier decisión.
Ser leal no significa renunciar a pensar. Significa poder discutir, disentir y construir sin destruir al otro por conveniencia.
Los insultos no reemplazan las ideas, pero siempre dan la nota los mismos, los que juegan en contra. Por eso no pasaron desapercbidas las expresiones que desentonaron con el sentido de una fecha que debería convocar a la reflexión, al respeto y a la unidad. Los insultos de los de siempre —cuando aparecen— no fortalecen una causa ni recuperan la confianza de quienes se alejaron.
La discusión política es necesaria. Las diferencias existen y son parte de cualquier organización viva. Pero cuando el agravio ocupa el lugar del argumento, la militancia pierde una oportunidad de demostrar que puede ser algo más que una disputa por espacios, nombres y fotografías.
El peronismo nació como un movimiento de masas. Su historia está atravesada por la organización, la participación popular y la idea de que los derechos colectivos deben estar por encima de las conveniencias individuales. Esa herencia merece algo más que una evocación anual.
Acaso se trata de recuperar el sentido de ser compañeros y en ese sentido, quizás la pregunta más incómoda de este Día de la Lealtad no sea quién estuvo y quién faltó. Quizás sea otra: ¿qué estamos ofreciendo para que más compañeros quieran volver a estar?
Si no hay referentes capaces de escuchar, si los liderazgos no consiguen abrir espacios y si la construcción política se confunde con la administración de pequeñas parcelas de poder, la respuesta no puede limitarse a convocar una vez al año frente al mismo monumento.
Hace falta recuperar la conversación, la participación y el reconocimiento a quienes trabajan sin reclamar protagonismo. Hace falta que las diferencias puedan discutirse sin que cada desacuerdo se convierta en una ruptura. Y hace falta, especialmente, que la palabra compañero vuelva a expresar una relación de compromiso y no una fórmula que se pronuncia en público mientras se vacía de contenido en privado.
San Nicolás estuvo. Hubo memoria, hubo presencia y hubo un momento para reafirmar una identidad que sigue formando parte de la historia política de la ciudad. Pero la jornada también dejó preguntas que no se resuelven con una fotografía ni con un discurso.
La lealtad no se demuestra solamente en la plaza. Se demuestra después, cuando hay que sostener la palabra, reconocer al otro, compartir las decisiones y trabajar por un proyecto común.
Y si cada 17 de Octubre vuelven los mismos, al mismo lugar y frente al mismo monumento, tal vez haya llegado la hora de preguntarse qué falta para que regresen los demás.
Porque la lealtad puede tener una fecha en el calendario, pero no debería durar solamente lo que dura un acto.
La pregunta queda abierta: ¿estamos celebrando la lealtad o recordando, una vez al año, todo lo que todavía nos falta construir?