Por: Diego de la Vega
La ciudad todavía dormía cuando Diego de la Vega salió, cubierto de sombra y rostro enmascarado. Era viernes santo, y aunque solía asistir a la misa tempranera, ese año había elegido otro camino. Iba al Santuario. No por costumbre, sino por algo más profundo. Necesitaba pedir perdón. Lo hacía cada año, como un ritual viejo.
La Villa del Pulmón lo había visto crecer. Allí vivieron hombres y mujeres con buen corazón. Amistades que habían desafiado el calendario, el barro y los gobiernos. Caminó lento, como si las calles recordaran con él.
Al llegar a la calle Belgrano, pasó frente al boliche de siempre. Allí estaba Diógenes, sentado en el borde de la vereda. Parecía no haber dormido. Los ojos hundidos, la camisa arrugada. Pero el saludo fue firme.
—Buen día, Diego.
—Buen día, Diógenes. ¿Qué hacés tan temprano por el centro?
—Salí con unos amigos... Nos juntamos a recordar cosas del secundario. Y la abogada, la del Club Doce, pagó champaña como si no existiera el mañana. Estaba feliz. Decía que la carrera le había dado todo. Pero después... después tomó de más. Se fue casi arrastrándose. No distinguía el piso de las paredes.
Diego se detuvo. Lo miró con dureza.
—¿Usted sabe con quién estuvo tomando, Diógenes? Esa mujer tiene denuncias por estafa. Les cobra derechos de formación a los chicos más pobres de San Nicolás. Ayer mismo dejó a un hombre mayor en la calle. El que manejaba el auto de Antonio Magaldi. A ese mismo que la Triple A mató en el mismo lugar donde estás parado ahora.
Diógenes tragó saliva. Bajó la cabeza.
—No sabía, Diego...
—Es la abogada de la intervención. Quieren quedarse con la sede de calle Mitre. Tienen previstas tres torres. Ya repartieron los departamentos entre los cómplices de la comisión de paleta. Entre ellos hay un programador que les hace las redes. Es socio del clan que gobierna esta ciudad.
Diógenes se sentó de nuevo. Las palabras eran pesadas. Se tomó la cabeza con ambas manos.
—Antonio me enseñó a manejar —dijo después de un rato—. Era un gran tipo. Mis respetos para él y para su chofer, aunque no tuve el gusto.
Diego lo levantó sin decir nada.
—Vamos. No hagamos papelones. Vos no sos un hombre de la noche.
Caminaron hacia el barrio. El sol empezaba a asomar entre los árboles pelados. El aire tenía el olor agrio de lo que no termina de morir.
Al cruzar Pellegrini vieron pasar corriendo a los concejales Walter Montenegro, Paula Candia, Malena Albert, Celeste López, Bernardo Cepeda y Soledad Belaza. Los guiaba el profesor Daniel Luchely, que también presidía el concejo deliberante. Les saludó con la mano.
Diógenes, sin frenar el paso, les gritó:
—¡Daniel! ¡A ustedes les falta gimnasia legislativa, no corporal!
Y agregó, más para Diego que para ellos:
—Además, con lo levantamanos que son, no necesitan mucho ejercicio. Santiago es riguroso, como honor no tienen, los quiere en forma… pero sólo para la foto.
Diego esbozó una sonrisa breve, seca. Sin alegría.
—¿Al menos la pasaste bien? —preguntó.
—Me enteré de que Lisandro Bonelli quiere ser concejal. Tiene una arenera. Nunca sabemos para quién juega. Cuando Julia me ofreció otra copa, ya no supe decir que no.
Llegaron a la casa de Diógenes. La esposa lo esperaba en la puerta.
—¿No querés llevártelo con vos, Diego? —dijo, sin saludar.
Diego no contestó. Le dio una palmada en la espalda y siguió caminando. Lento. Como en la canción de Piero.
Sabía que no iba a poder descansar. Su Villa no tenía paz.
Esperaba las Pascuas con anhelo, aunque sabía que compraría huevos para todos y no recibiría ninguno.
Y sin embargo, volvería a hacerlo. Porque así había elegido vivir.
Sin gloria, pero con dignidad.
Y con eso, le bastaba.
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