Por: AnMi
Cada año, Expoagro desembarca en San Nicolás de los Arroyos con la promesa de mostrar lo mejor del país productivo. Tecnología de punta, financiamiento, innovación y una puesta en escena que combina actores económicos, políticos y mediáticos bajo una misma narrativa: la del progreso. Sin embargo, reducir Expoagro a una simple exposición agroindustrial implica desconocer su verdadera dimensión. Se trata, en rigor, de un dispositivo de construcción simbólica donde lo que se exhibe resulta tan relevante como aquello que deliberadamente queda fuera de cuadro.
No puede soslayarse que este evento está impulsado por el Grupo Clarín, un actor central en la configuración de la agenda pública argentina. En ese marco, Expoagro no solo organiza una feria: organiza sentido. Define prioridades, jerarquiza discursos y, fundamentalmente, establece qué aspectos de la realidad merecen visibilidad y cuáles pueden ser desplazados hacia los márgenes del debate. A nivel local, la consolidación de San Nicolás como sede permanente no es un dato menor. La gestión de la familia Passaglia ha capitalizado políticamente este evento, integrándolo como pieza clave de una estrategia más amplia de posicionamiento.
Durante los días que dura la exposición, la ciudad se transforma en vidriera nacional, escenario de anuncios, recorridas oficiales y cobertura mediática intensiva. La imagen que se proyecta es la de un municipio ordenado, dinámico y plenamente integrado al circuito productivo. Sin embargo, esa representación convive con una realidad más compleja, menos visible y, por ello, menos discutida.
Como ocurre en gran parte del territorio bonaerense, San Nicolás presenta tensiones estructurales vinculadas a la desigualdad social, la fragmentación territorial y la persistencia de empleo informal. Mientras ciertos sectores exhiben mejoras en infraestructura y desarrollo urbano, otros continúan enfrentando dificultades en el acceso a servicios, condiciones habitacionales y oportunidades laborales estables. Esta coexistencia de realidades no es excepcional, pero sí resulta problemática cuando una de ellas es sistemáticamente invisibilizada. En este contexto, Expoagro opera como un potente reordenador de la agenda pública. Durante su desarrollo, la centralidad del debate se desplaza hacia indicadores de inversión, volumen de negocios y expectativas de crecimiento, relegando otras discusiones igualmente urgentes. No se trata de negar la importancia económica del evento, que la tiene, sino de advertir el efecto que produce su sobredimensionamiento en términos discursivos.
La concentración de atención mediática y política genera un efecto de saturación que dificulta la emergencia de miradas críticas o de problemáticas estructurales que no se alinean con la narrativa dominante. Este fenómeno no es novedoso en la Argentina, pero adquiere particular intensidad cuando confluyen intereses económicos concentrados, capacidad de amplificación mediática y articulación con el poder político local. En ese entramado, la exposición deja de ser únicamente un espacio de intercambio comercial para convertirse en una herramienta de legitimación. La gestión se valida en la escena pública no solo por sus resultados materiales, sino por su capacidad de inscribirse en un relato de éxito sostenido y reproducido.
La cuestión de fondo, entonces, no radica en cuestionar la existencia de Expoagro ni su impacto económico, sino en problematizar su función dentro del esquema más amplio de construcción de realidad. Cuando un evento logra concentrar tal nivel de atención, resulta imprescindible interrogar no solo lo que muestra, sino también aquello que contribuye a silenciar. Porque en esa omisión se juegan, muchas veces, los debates más relevantes para la vida cotidiana de la comunidad. Finalizada la exposición, cuando la infraestructura se desmonta y la cobertura mediática se retira, la ciudad recupera su ritmo habitual.
Es en ese retorno a la normalidad donde reaparecen con claridad las tensiones que no formaron parte de la escena principal. Y es allí, precisamente, donde debería situarse el foco de una discusión pública honesta: en las condiciones estructurales que persisten más allá de los eventos, en las desigualdades que no se resuelven con visibilidad ocasional y en la necesidad de construir políticas que trasciendan la lógica de la puesta en escena. Porque si el desarrollo es real, no necesita ser escenificado.
Y si requiere serlo, tal vez sea momento de preguntarse qué parte de la realidad está quedando, sistemáticamente, fuera de la foto.

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