Acá estamos. Los “muertos de Cecilia”. Así nos nombran, con liviandad y desprecio, como si la política fuera un camino corto al cementerio y no una construcción colectiva. Como si la gente que se fue hubiera desaparecido. Como si pensar distinto fuera morir. Esa mirada no es irónica sino que es profundamente autoritaria. Porque solo quien se cree dueño del espacio puede pensar que el que se va deja de existir.
No estamos muertos. Estamos organizados. Y eso es lo que molesta. Este no es un bando contra otro. Ese error de lectura explica todo. Cuando la política se reduce a bandos, se pierde el sentido histórico del peronismo.
El peronismo no nació como una interna, nació como un movimiento de masas que rompió con la idea de conducción cerrada y elite ilustrada. Nació para incomodar al poder, no para reproducirlo en versión local.
Acá no hay una pelea de nombres propios. Hay una discusión de fondo y es qué entendemos por peronismo. Porque cuando una conducción se vuelve incuestionable, cuando la verticalidad deja de ser organización y pasa a ser obediencia, cuando la militancia se mide por lealtad personal y no por compromiso político, el movimiento se vacía. No por traición. Por asfixia.
A nadie lo dejaron afuera. La gente se fue sola. Y eso es lo que no se perdona. Se fue cuando dejó de haber discusión real. Se fue cuando la crítica pasó a ser vista como amenaza. Se fue cuando la conducción confundió disciplina con silencio. Se fue cuando el peronismo empezó a parecer un espacio donde primero se pregunta “de qué lado estás” antes de preguntar “qué pensás”. Y sin embargo, los que se fueron no se atomizaron. No se escondieron. No se resignaron. Se encontraron.
Creo que eso es lo verdaderamente imperdonable para el poder cerrado… que la gente se reorganice por fuera de su control. Que vuelva a hablar de proyecto, de ciudad, de país. Que discuta sin permiso. Que milite sin bajada de línea. “La única verdad es la realidad.” Y la realidad es que cuando un espacio pierde militancia, pierde legitimidad. Cuando un espacio necesita descalificar para sostenerse, ya está en crisis. Cuando la única respuesta frente a la diferencia es el mote de “muerto”, el problema no es el que se fue…es el que se quedó sin pueblo.
Esto no es La Cámpora contra el PJ. Eso es una simplificación funcional a no discutir nada. La discusión es otra y es más incómoda y es…conducción o apropiación, movimiento o aparato, política o administración del poder. El peronismo no es una jefatura vitalicia. No es una mesa chica. No es una lista cerrada. El peronismo es conflicto, debate, contradicción, pueblo organizado. Y cuando esas cosas desaparecen, lo que queda es estructura sin alma. Historia sin presente. Nombre sin contenido.
Dicen que esto es un velorio, pero los velorios no convocan. Los velorios no crecen. Los velorios no discuten futuro. Si esto es un velorio, es uno muy extraño… lleno de voces, de ideas, de militantes que decidieron no resignarse a una política chica, domesticada, sin coraje. Militantes que no aceptan que pensar distinto sea sinónimo de traición. Porque en el peronismo verdadero, el que hizo historia, nadie se realiza en una comunidad que se encierra. Y cuando el poder se encierra, el pueblo se va. No para morir, sino para volver a organizarse. Así que sí, acá estamos, si quieren estamos los “muertos de Cecilia”: Los que no aceptaron el silencio. Los que no pidieron permiso. Los que entendieron que el peronismo no desaparece cuando alguien se cree dueña de él.
El peronismo no muere. El peronismo se mueve. Y hoy, se mueve acá.
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